Visitar Sónar+D sigue siendo una experiencia estimulante y ambivalente. El Festival se consolidó hace años como uno de los espacios de referencia para observar hacia dónde se dirige la cultura digital, reuniendo artistas, tecnólogos, investigadores y agentes culturales en torno a conceptos ya familiares: inteligencia artificial, arte generativo, robótica, interfaces inmersivas o visualización de datos.
Como era de esperar, buena parte de las propuestas de esta edición situada en la Llotja de Mar, orbitaban alrededor de la IA y de las nuevas relaciones entre cuerpos, máquinas y datos. Pero más allá del inevitable efecto wow que todavía producen ciertas instalaciones y demos tecnológicas, lo verdaderamente interesante de Sónar+D quizá no esté solo en las herramientas que muestra, sino en las preguntas que todavía consigue activar.
Propuestas como las de Superbe, o los trabajos de artistas como Chia Amisola, Mindy Seu o Joana Moll, ayudaron a desplazar el foco desde la mera innovación tecnológica hacia cuestiones más complejas: la materialidad de internet, las políticas de la atención, las infraestructuras de poder y la posibilidad —cada vez más difícil— de imaginar alternativas a una red dominada por intereses corporativos.
| from0, de Superbe |
Entre las charlas más destacadas, las de artistas como Mario Santamaría y Ana Carreras. Santamaría visibiliza las infraestructuras físicas y geopolíticas de internet, mientras Carreras explora cómo mantener lenguajes visuales propios en un contexto cada vez más condicionado por la automatización algorítmica.
Junto a figuras ya consolidadas, también fue de agradecer la presencia de obras de artistas emergentes como Pol Olivares, representante de una generación que ya no se aproxima a lo digital desde la fascinación por la novedad, sino desde una comprensión mucho más integrada, y en ocasiones crítica, de sus contradicciones.
En los discursos sobre innovación todavía persiste una idea casi romántica de la experimentación: la del laboratorio abierto, el espacio libre donde imaginar futuros alternativos. Esa imagen resulta cada vez más difícil de sostener. Experimentar hoy no sucede en un terreno neutral. Sucede dentro de un ecosistema profundamente condicionado por infraestructuras corporativas. En alguna charla se notó, pero se presentaron buenas propuestas consistentes y críticas.
Junto a figuras ya consolidadas, también fue interesante descubrir propuestas de artistas emergentes como Pol Olivares, representante de una generación que ya no se aproxima a lo digital desde la fascinación por la novedad, sino desde una comprensión mucho más integrada —y crítica— de sus contradicciones.
Sin duda, la celebración de los 25 años, y la emancipación respecto al área de conciertos sentó bien a esta edición.
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