Es curioso observar cómo, cada vez que un dron amenaza infraestructuras estratégicas, rutas comerciales o intereses económicos de los países occidentales, los medios de comunicación vuelven a llenarse de titulares sobre la peligrosidad de estas tecnologías. Ocurrió tras los ataques de las milicias hutíes en Yemen y vuelve a suceder periódicamente cada vez que un dron logra alterar el funcionamiento de una refinería, un aeropuerto o una cadena logística global.
Sin embargo, esta repentina preocupación contrasta con una realidad mucho más incómoda: los drones armados llevan décadas sobrevolando impunemente regiones enteras del planeta. Desde Afganistán hasta Yemen, pasando por Pakistán, Somalia o Gaza, estas máquinas han formado parte de conflictos contemporáneos caracterizados por la vigilancia permanente, los ataques selectivos y una guerra cada vez más distante de quienes la ejecutan.
Esta contradicción ya era evidente hace más de una década en la exposición
Llega un grito a través del cielo, celebrada en 2014 en
"Llega un grito a través del cielo" (LABoral, 2014). TLa muestra reunía obras de artistas como Martha Rosler, Hito Steyerl o Metahaven para reflexionar sobre la militarización de la mirada, la vigilancia aérea y las nuevas formas de violencia mediadas por la tecnología. A través de instalaciones, vídeos, investigaciones visuales y actividades paralelas, la exposición permitía acercarse a unos dispositivos cuya presencia resulta cotidiana en determinados territorios, pero cuyos efectos siguen siendo invisibles para gran parte de la población occidental.
Uno de los aspectos más inquietantes de los drones es precisamente esa capacidad para separar la acción de sus consecuencias. Operados a miles de kilómetros de distancia, transforman la guerra en una interfaz y convierten el territorio observado en un conjunto de datos, coordenadas y objetivos potenciales. Como han señalado investigadores y artistas críticos, estas tecnologías no solo modifican las estrategias militares: también alteran nuestra percepción de la distancia, la responsabilidad y la propia experiencia de la violencia.
Por eso resulta llamativo que el debate público sobre los drones se reactive únicamente cuando afectan a intereses económicos o geopolíticos cercanos. Durante años, las víctimas civiles de ataques remotos apenas ocuparon espacio en la agenda mediática. En cambio, cuando una infraestructura energética se ve amenazada o una cadena de suministro se interrumpe, la conversación cambia rápidamente de tono.
El problema, como tantas veces ocurre, no es la tecnología en sí misma. Los drones también tienen aplicaciones científicas, ambientales, agrícolas o humanitarias de enorme valor. La cuestión es quién los utiliza, con qué objetivos y bajo qué mecanismos de control Hablar de drones implica hablar de poder, vigilancia, responsabilidad y de las vidas que consideramos dignas de protección.
Quizá por eso sigue siendo tan necesario recuperar proyectos artísticos y exposiciones que, mucho antes de que el tema ocupara titulares, ya nos invitaban a reflexionar sobre estas cuestiones. Porque, mientras nos preocupamos por los drones que amenazan infraestructuras estratégicas, seguimos prestando mucha menos atención a aquellos que sobrevuelan diariamente otros cielos y otras vidas.
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@PGDiaz)
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